Raúl Renán, diálogo en primera persona (II)

febrero 15, 2017 Rúbrica Legible César Pérez González

César Pérez González

@ed_Hoover

 

Acostumbrado a desmenuzar lenguajes, Raúl Renán se interesa por retomar otras influencias, sonidos y letras; suma, además, esencias de la fe religiosa que lo han marcado. No detiene el paso: redonda el trato con quienes, junto a él, establecieron nuevos caminos en las letras mexicanas. Es la segunda entrega –y última– el poeta finaliza con el recuento de su imagen, sombras, proyecciones; escucha al tiempo de dominar el discurso que lo caracteriza:

El diccionario siempre me sorprendió por el compendio de palabras que se encuentran en él, y nunca entendí, en primera instancia, por qué teníamos que reunirlas en un lugar, en un libro.

Como la maya, la literatura japonesa, que para mí es oriental, son formas de hablar, lenguajes donde está la raíz del hombre de manera viva; la poesía está viva siempre. Me sorprendió mucho cuando descubro el logo sintético del haikú, porque no es ni por mucho las 7-5-7 sílabas de la tradición transportada en Occidente, ya que la composición es sumamente difícil.

La prueba es que lo hemos interpretado de forma incorrecta, lo convertimos en adivinanza, pero no es así, ya que son elementos complementarios que se responden y se preguntan. Incluso a veces se quedan con la calidad de la pregunta universal, provocada por un movimiento tranquilo de un lago donde lo que está vivo se mueve y crea círculos: el sonido de los insectos o de la rana dan otro sentido a esa figura sintética que es el haikú.

Me llama la atención algo que desde joven quise hacer, que es un diario de viaje, porque viví en Yucatán, donde los pueblos están muy cercanos y podía visitarlos a pie. Aunque me pasa una cosa histórica muy bella; mi madre huye de Valladolid, donde nació, y se va a pie a Mérida, ese es el primer tramo de un diario probable, escrito por un japonés en haikú, o por un occidental con poemas en cada estación.

Así, me cautivó tanto “Las sendas de Oku”, el libro oriental que sacude a toda la humanidad lectora o sensible, por el contenido, por la solución, por el resultado, y me persiguió la idea de hacer un libro de viajes. De esta manera nació “Viajero en sí mismo”, que es un libro mío donde están todas las cosas que me rodean y que me conforman, tanto espiritual como físicas.

Empiezo a ubicarme con los testimonios de los escritores que están a mi alcance, y esos libros fueron definitivos para mi formación; “La Biblia”, el diccionario y alguno otro olvidado de sonetos. Escribí en una situación de obreros que no sabían de esto, pero reconocían libros fundamentales, como ésta. En aquel lugar me ubico con mis conocimientos y mi tendencia que se traduce luego en textos breves, de reconocimiento del mundo físico en que me moví de niño, como las cosas y los objetos a los que le rindo tributo porque son los grandes compañeros silenciosos.

Mi ubicación sobre la trama que me da la vida a través de los escritores es la no repetición, porque de pronto comencé a hacer literatura nueva a partir de un Joyce que no había releído debidamente, incluso, José Emilio Pacheco me dijo un día que me estaba perfilando a una narrativa joyciana. Esa nueva escritura que está presente en “Los zopilotes blancos”, un texto del primer libro que me publicaron, es la visión de un niño que está narrada de una manera toda moderna, violentamente desarrollada, con mucho conocimiento de las distancias, de las palabras, la formación de los conceptos, no estaba copiando formalidades dadas, no lo estaba haciendo.

La tardanza de mi escritura publicada deriva, aunque parezca mentira, de la forma de mi carácter; no soy arrojado. Tenía muchas reservas respecto al ser expuesto a la lectura pública, hasta que, enfrentándome a un escenario editorial creado por mí y otros compañeros no había ya manera de escape. Entonces ofrezco el primer resultado de lecturas, que es el haikú, la apertura a Yucatán.

La llegada a la capital era un sueño porque sabía que ahí mi padre residió,  no lo conocía y una de las cosas que me cautivaron para salir del estado en que nací era encontrarlo; aunque lo que en verdad buscaba era a mi padre literario, esa es la verdad.

En la interpretación psicoanalítica hay una indagación del tronco de por qué escribo, dónde está la patria, en esa búsqueda sufro una definición importante ya que me entrevisto con él, digo “soy escritor” y no me hace caso. Le muestro los cuentos y no tiene idea de qué son; sufro una decepción tan grande que me mandó al psicoanalista –casi–, sufrí una fractura por dentro.